Tras años de trabajo en el sector de vivienda propia, he sido testigo de que la falta de planificación y la informalidad los exponen a riesgos inaceptables. Comparto mi visión sobre cómo revertir esta situación y garantizar el derecho a una vivienda digna y segura para todos
La vivienda propia es mucho más que un simple bien patrimonial; es un derecho, un pilar de inclusión, estabilidad y desarrollo nacional. Sin embargo, para miles de peruanos, este sueño se ve amenazado por la informalidad y la falta de acceso a condiciones seguras, especialmente en distritos como Villa María del Triunfo (VMT). He dedicado más de 20 años de mi vida a trabajar para que los sectores informales puedan acceder al medio que los lleve de la invisibilidad a la ciudadanía económica. Desde mi experiencia, creo que con voluntad política y un diseño adecuado, es posible convertir el sueño de la vivienda propia en una realidad accesible y, sobre todo, segura.
En Villa María del Triunfo, la realidad es alarmante: viviendas construidas donde se puede, no donde es seguro. En zonas de laderas, muchas nacen sin estudio de suelo, sin diseño estructural y sin supervisión técnica. Esto no solo se traduce en paredes débiles o techos improvisados, sino en un miedo constante. Vivir «agarrado» a una pendiente, con el temor de que cualquier grieta o llovizna fuerte se convierta en una amenaza, no es una forma digna de vivir. El primer paso es decirlo sin rodeos: el problema no es la gente, sino el desorden urbano que la empuja a ubicarse en lugares jamás habilitados para vivienda.
¿Cómo reorientar los programas de vivienda propia?
Es necesario hacer una autocrítica sobre las políticas pasadas. Durante mucho tiempo, los bonos habitacionales se concentraron en los sectores B y C, dejando de lado a las familias con menos recursos. Como consecuencia, los hogares de los sectores D y E no tuvieron otra opción que seguir construyendo de manera informal, lejos del respaldo estatal que más necesitaban.
Hoy, calculamos que más de 25,000 personas podrían acceder a una vivienda formal si tan solo ofreciéramos un entorno debidamente planificado. No obstante, debemos entender que una ciudad no se construye únicamente con edificios de departamentos. Si proyectos como la Ciudad Bicentenario aspiran a ser verdaderos polos de desarrollo, deben concebirse como ecosistemas urbanos integrales que incluyan conectividad masiva, salud pública de calidad, plataformas intermodales y un impulso real al Parque Industrial de Ancón.
Además, es urgente abordar la crisis de los servicios básicos que hoy fallan y agravan la vulnerabilidad en distritos como VMT. La falta de agua potable, el colapso recurrente de los desagües y una gestión deficiente de los residuos sólidos transforman cualquier cambio climático en una amenaza mortal. Si el saneamiento y la limpieza no funcionan, el riesgo se multiplica. Para construir un distrito digno, necesitamos que estos servicios esenciales dejen de ser una «lotería» y se conviertan en una garantía para cada vecino.
Finalmente, es crucial combatir con mano dura el tráfico de terrenos, un mal que envenena cualquier intento de mejora urbana. Cuando el suelo se vuelve un negocio ilegal, la ciudad pierde el control y el ciudadano pierde su seguridad. Este no es solo un problema policial; es un desafío de gobernanza que se combate con la presencia real del Estado, trazabilidad de predios y procesos de formalización rápidos y transparentes que dejen sin espacio a la criminalidad.
Una vivienda no puede ser una sentencia de riesgo. Villa María del Triunfo y el Perú entero no pueden seguir creciendo bajo la sombra del miedo. Si aplicamos una visión de ciudad inteligente, centrada en prevenir y ordenar, podremos romper por fin el ciclo de la emergencia permanente. Solo así convertiremos nuestras zonas urbanas en lugares habitables y dignos donde vivir mejor sea, por fin, una realidad para todos.