El distrito de Ancón representa una oportunidad única: la de diseñar ciudades orientadas a garantizar vidas dignas a la población, es el lugar donde el proyecto de la Ciudad del Bicentenario nos abre la posibilidad de ponerle fin al problema del crecimiento urbano descontrolado que padecemos. Abogo por reconocer que Ancón representa la primera oportunidad histórica para planificar la primera ciudad sostenible del Perú: una ciudad pensada para el ciudadano y diseñada para garantizar la calidad de vida de sus habitantes.
El primer paso, crucial para el éxito, es realizar estudios exhaustivos del área y su planificación. Desde mi experiencia en Desarrollo Urbano Sostenible (DUS), pienso que el Perú necesita una planificación territorial técnica y preventiva. Es fundamental no repetir el crecimiento urbano desordenado que ha aumentado nuestra vulnerabilidad por la falta de articulación entre los niveles de gobierno. La Ciudad Bicentenario, ubicada estratégicamente en el Corredor Logístico del Pacífico, no solo debe ser un lugar para vivir, sino un motor de empleo, oportunidades y desarrollo para todos los peruanos.
El diseño de la Ciudad Bicentenario en Ancón
El proyecto en el distrito de Ancón consta de diversas etapas para su adecuada implementación. En primer lugar, el desarrollo de Ancón no es un dibujo al azar; comienza con una zonificación estratégica para dar orden al territorio y, lo más importante, con una habilitación urbana real. Esto significa algo tan básico pero urgente como garantizar que cada familia tenga luz, agua y desagüe desde el primer día. Además, el diseño no se queda en el papel: buscamos un uso eficiente del suelo y una conectividad real con el centro de Lima.
Mucho se habla de sostenibilidad, pero para mí, construir una ciudad así significa asegurar que la gente viva bien, que haya trabajo y que nadie se quede atrás. Las ciudades son imanes de oportunidades, pero también pueden ser nidos de desigualdad si no nos anticipamos. Por eso, no podemos seguir improvisando. Necesitamos una visión de largo plazo que analice desde los riesgos geográficos hasta la verdadera vocación económica de la gente. Solo así podemos estructurar políticas que se sostienen sobre tres pilares: resiliencia, sostenibilidad y tecnología humana.
El primer paso hacia una ciudad inteligente es la resiliencia. No es un término técnico; es, simplemente, capacidad de respuesta. Significa que los gobiernos —desde el local hasta el central— dejen de ser reactivos y empiecen a ser preventivos. Una administración resiliente no espera a que ocurra el desastre para ver qué hacer; identifica los riesgos antes y planea escenarios. Cuando una crisis golpea, la respuesta no puede ser un «veremos»; las familias necesitan soluciones inmediatas y efectivas que les permitan recuperar su tranquilidad rápido.
El segundo pilar es la sostenibilidad, pero entendida con los pies en la tierra. No existe un molde único que funcione para todos; cada localidad debe diseñar su camino según su propia realidad. Planificar con enfoque territorial es entender que el desarrollo no se trata de copiar modelos extranjeros, sino de potenciar lo que ya tenemos. Cuando la política pública realmente «conversa» con lo que la comunidad produce y sueña, el crecimiento deja de ser solo una cifra y se convierte en bienestar real, con identidad y orgullo local.
Finalmente, la tecnología debe ser nuestra aliada cotidiana. Cuando hablo de «ciudades inteligentes», no me refiero a rascacielos de ciencia ficción, sino a herramientas que le hagan la vida más fácil al ciudadano. Puede ser algo tan sencillo como una plataforma municipal donde un emprendedor local pueda vender sus productos al mundo o donde un vecino sepa exactamente en qué se gasta su presupuesto. La digitalización es, ante todo, transparencia. Nos permite monitorear el transporte en tiempo real, optimizar rutas y, sobre todo, recuperar la confianza en nuestras autoridades. No estamos hablando de un sueño imposible, sino de un objetivo realista donde la tecnología sirve para que el servicio público sea eficiente y accesible para todos los peruanos.
Estos tres pilares se encuentran en un solo punto: una gestión que escuche y ejecute con responsabilidad. Reestructurar el Perú implica, de una vez por todas, cambiar la lógica de la improvisación por una cultura de planificación estratégica. Debemos poner el desarrollo al servicio de las personas y no de intereses dispersos. Vivir bien es un derecho, no un privilegio.
Si logramos que Ancón se consolide bajo estos criterios técnicos y humanos, habremos demostrado que en nuestro país sí se puede planificar con visión de futuro. La Ciudad del Bicentenario es nuestra oportunidad de hacer las cosas bien desde el principio.
Y tú, después de ver este panorama, ¿qué tipo de ciudad quieres dejarle a los que vienen después?